Ciclo: Larisa Shepitko

Sol de invierno

Descripción

Del 19 al 21 de octubre de 2021 el Art House Zinema, en BilbaoArte, acogerá la proyección de un ciclo de películas dedicado a la directora ucraniana Larisa Shepitko, bajo el título Sol de invierno. El último día tendrá lugar una ponencia sobre la obra de Larisa Shepitko a cargo de Neus Sabaté.

Con motivo de la 26 edición de Zinemakumeak gara!, la Muestra de Cine dirigido por Mujeres de Bilbao se propone reivindicar el legado de la cineasta ucrania Larisa Shepitko (Artemovsk, 1938), contemporánea de autores como Andréi Tarkovski y Serguéi Paradzhánov, los dos mayores talentos surgidos en la década de los años 50 de la prestigiosa Escuela VGIK donde Larisa se convirtió en la alumna más destacada del pionero del cine soviético Aleksandr Dovzhenko.

Esta retrospectiva nos introducirá en la obra de una figura capital en la Historia del Cine ruso a través de la proyección de "Alas" y "La ascensión", una pareja de títulos clave que abren y cierran una breve filmografía violentamente truncada por el accidente de tráfico que acabó con la vida de Larisa durante la preproducción de la que habría de ser su película más ambiciosa: la adaptación de la novela de Valentin Rasputin "Adiós a Matiora".

La última jornada de este ciclo incluye la proyección de "Larisa", el poema fílmico post mortem que el cineasta ruso Elem Klimov ("Masacre: Ven y mira") le dedicó a la que fue su compañera y pareja sentimental, así como una ponencia sobre la carrera cinematográfica de Larisa Shepitko presentada por Neus Sabaté, Máster en Comisariado Fílmico y Audiovisual de Elías Querejeta Zine Eskola y Máster Universitario en Comunicación Social de la UPV/EHU con un trabajo final sobre el Ciclo de Cine Dirigido por Mujeres celebrado en el Festival de San Sebastián en 1978 al que acudió como invitada la directora de "Alas" y "La ascensión".

Larisa Shepitko, sensibilidad combativa

A pesar de que Larisa Shepitko (1938–1979) tan solo dejó como legado un puñado de películas, su mirada cinematográfica es todavía hoy de una modernidad irrefutable, capaz de conjugar temas audaces y decisiones formales tan hermosas como valientes. A veces se trata de un inesperado movimiento de cámara, del gesto de una actriz o de un lírico intermezzo cuando el drama sacude a los espectadores. En su obra no solo se palpa la pasión por el arte cinematográfico sino también el dominio de su plástica. Fue una cineasta dotada de una sensibilidad excepcional y combativa, y, quizá, ese sea el motivo por el cual nos sobrecoge imaginar todo lo que interrumpió su prematura muerte a los 41 años. Mientras se encontraba buscando localizaciones para su quinto filme, Adiós a Matiora (1983), que acabó rodando su viudo Elem Klímov, la cineasta y parte de su equipo sufrieron un fatídico y mortal accidente de tráfico.

Sheptiko, nacida en Armtervosk, Ucrania, se formó en Moscú en el Instituto Gerasimov de Cinematografía (VGIK), fundado en 1919 por Lev Kuleshov y Vladimir Gardin. Allí coincidiría con Andréi Tarkovski, Kira Muratova, Vasily Shukshin, Otar Iosseliani y Andréi Konchalovski, en unos años esperanzadores para las artes en la U.R.S.S. Al cine del arranque del deshielo de Jrushchov le siguió una renovación generacional que incorporaría nuevos temas y formas que buscaban alejarse del realismo social impuesto por Stalin. Una nueva ola.

Durante esos años, Shepitko filmaría su película de graduación, Znoy (1963), sobre un joven que emigra a la estepa para trabajar en una granja y acaba chocando con un compañero tiránico. También Alas (1966), en la que nos cuenta la insatisfacción de Nadezhda, una cautivadora Maya Bulgakova en el papel de una antigua piloto de combate que ahora es una desencantada directora de una escuela de provincias. «Me paso la vida corriendo de aquí para allá, pero no sirve de nada. No hay ningún placer en ello, ni para mí, ni para los demás», le confiesa Nadezhda a la propietaria de un bar al que a veces acude. Esa conversación es uno de los momentos que mejor encapsula el talento de Shepitko. Primero, porque las palabras que ambas comparten son testimonio de los anhelos de una generación de mujeres soviéticas a quienes las transformaciones políticas han abandonado en un presente en el que parecen no encajar. Shepitko filma esa charla mediante un equilibrado plano medio que, a medida que la conversación se vuelve más melancólica, va revelando una espontánea intimidad, un acercamiento femenino. De pronto, esa complicidad deriva en un alegre baile, interrumpido cuando las mujeres se sorprenden observadas por gente de la calle.

Ya en Alas encontramos algunas de las constantes más significativas de la ucraniana, especialmente el trabajo con las escalas de los planos, así como su concepción del rostro. En ese segundo filme, las rígidas facciones de Bulgakova contrastan con las imágenes aéreas que, de repente, parecen despegar de su rostro en los momentos más introspectivos del personaje. La cara de una persona es un espacio de pliegues misteriosos, pero Shepitko entiende la poética del rostro de una manera muy personal, como un verdadero lienzo de las emociones humanas. Sin duda, esta aproximación estética es una de las características expresivas más notables de La ascensión (1977), por el que fue premiada con el Oso de Oro en la Berlinale, convirtiéndose en la segunda mujer en conseguirlo después de que Márta Mészáros lo lograra en 1975 por Adopción.

La ascensión es una obra atravesada por el dolor y el miedo. La cineasta comenzó a trabajar en esta película cuando estaba embarazada y, al mismo tiempo, se estaba recuperando de una lesión en la columna. «Me enfrentaba a la muerte por primera vez», declararía. El filme nos sitúa en la zona de Bielorrusia en plena Segunda Guerra Mundial para seguir el periplo de dos partisanos en una misión de avituallamiento. En paralelo al avance de la odisea de los protagonistas por inhóspitos paisajes nevados, el tono del relato deriva hacia el terreno de lo místico. Como en Alas, aquí también aparece el motivo visual de lo celeste, aunque formulado a través de los códigos de la simbología cristiana. Las diferentes miradas al cielo del partisano Sotnikov, filmadas mediante una miríada de poderosos primeros planos, evocan un sentimiento religioso y, no en vano, el clímax narrativo recrea la Pasión de Cristo.

Muchas de las claves sobre el cine de Shepitko están recogidas en Larisa (1981), realizado por Klímov apenas seis meses después del deceso de su esposa. En un momento del metraje escuchamos decir a la cineasta: «No hay un solo plano en mis filmes, ni uno solo, que no provenga de mí como mujer. Nunca quise copiar, nunca traté de imitar a los hombres, porque sé muy bien que todos los esfuerzos de mis compañeras por imitar el cine de los hombres no tenían sentido». Y añade: «Una mujer, como mitad del género humano, puede revelarle al mundo algunas cosas asombrosas. Ningún hombre puede discernir tan intuitivamente como una mujer ciertos fenómenos de la psique humana en la naturaleza». El cortometraje es un conmovedor llanto y homenaje que recupera la última toma que filmó la cineasta, un árbol envuelto en la niebla cuyo tronco se recorre hasta llegar a la corona de las ramas. Es una imagen de un misticismo abrumador, sobre «un árbol eterno, símbolo de la indestructibilidad y de la dignidad».

Paula Arantzazu Ruiz, periodista y crítica de cine

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